En las relaciones de la persona con su medio, el amor puede presentar una o más de una de las manifestaciones siguientes:
Amor autopersonal. La autoestima o amor propio es el amor hacia uno mismo. Es algo positivo para el desarrollo personal e indispensable para las buenas relaciones interpersonales. Se basa en la aceptación de las virtudes y defectos propios y la percepción de éstos en su justa medida. No debe confundirse con el narcisismo, que conlleva egocentrismo y que suele existir como consecuencia de una autoestima baja. Vulgarmente se malinterpreta con frecuencia el concepto de autoestima al referirse al narcisismo patológico como "autoestima demasiado alta" o "demasiado amor propio". La autoestima es el requisito necesario para que exista amor real en cualquiera de sus manifestaciones.
Amor filial: entre padres e hijos (y, por extensión, entre ancestros y descendientes). Específicamente el amor maternal, o amor de madre a hijo, por tradición, se considera motivado por un fuerte instinto que lo hace especialmente intenso. No obstante, hay también quien cuestiona la existencia de dicho instinto.
Amor fraternal: en su sentido estricto, es el afecto entre hermanos, aunque se extiende a otros parientes exceptuados los padres y adultos. Nace de un sentimiento profundo de gratitud y reconocimiento a la familia, por emociones que apuntan a la convivencia, la colaboración y la identificación de cada sujeto dentro de una estructura de parentesco. Lo mismo que el amor filial, y desde el punto de vista del psicoanálisis, el fraternal es sublimado, ya que está fundado en la interdicción del incesto
Amistad. Cercano al amor fraternal, es un sentimiento que nace de la necesidad de los seres humanos de socializar. El amor al prójimo nace a su vez del uso de la facultad de la mente de empatizar y tolerar, y constituye la abstracción de la amistad. Para Erich Fromm, dicho amor al prójimo equivale al amor fraternal y al amor predicado en la Biblia mediante la frase «amarás al prójimo como a ti mismo».





















